Tiempo después explicaré con efusividad y corage que fue un momento maravilloso de mi juventud (¡qué digo! de mi vida). Fue el año de las olimpiadas Londres 2012, el año de la caida en picado de la bolsa española, el año de la jubilación de la reina Elisabeth II de Inglaterra, el año en que se inició la acumulación anual de lamentos en verso a la leyenda ebría de Amy Winehouse, el año en que los conflictos en el medio oriente se accentuaron, algun que otro imperio textil fue en declive y algun humilde trabajador en alguna parte del mundo ganó la lotería.
Ah, bueno, y el año en que Alma, una impertinente de 1’73 m, aprendió que el amor es la excusa perfecta para suicidar la cordura emocional, para atreverse a hacer lo que la mente rechaza recomendar, para ser joven o lo que es lo mismo: estupido con excusa.
Así que hasta la hostia más fuerte se vuelve caricia a lo largo del tiempo. Caricia de la madre tierra, que muy sabia, sabe cuando pegarte en toda la cara para recordarte que estás vivo, y que el dolor es un signo de ello. Es motivo de celebración, sí. Brindo por la hostias, por las niñas menos inocentes, por el sexo, por el rock n’ roll, por Camden Town, por el odio, por la locura, por los besos de despedida y los capuchinos con espuma en su justa medida.
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